Con razón, sin hablar, silenció el corazón.
Sobre los 10 años, mi primer disparo de silencio, muteando
mi corazón sin más y rompiéndolo atrozmente, preferiría que me hubieran juzgado
en el otro mundo antes de recoger los trozos ensangrentados de mi rojo y arreglarlo, puesto que, en el espejo que se rompe no se puede volver a mirar.
Ahora todavía me brota sabia de mis ramas por las heridas cicatrizadas a fuego
por intentar pegar mi alma, ya que hay heridas que aunque estén cerradas siguen
doliendo. Heridas de vida.
A los 15 años un aire quiso elevarme y presentarme a
Afrodita y ella me enseño el Olimpo, algo que jamás conocí para arrebatármelo
con 17 y aunque muchas musas se me cruzaran por mi sabana, nunca pararon de
florecer en ella rosas con hojas caduca, es decir, con un tiempo de muy breve
de felicidad. Todavía hoy no me rindo y soy como la caja, no pierdo la
esperanza, pero la verdad, es mi realidad y mi realidad sabe que todavía siguen
doliendo esos 2 años. Heridas de vida.
Con 19 creí encontrar a mi primera familia de verdad, pero
una mala gana que jugaba con vidas ajenas hizo que me asesinara, y ya no eran
otros los que me disparaban para callarme, fui yo. A la hora de explicaciones,
no brotaban palabras, sino lágrimas y cuando tuve el valor de saturarme la
herida de mi pecho, mi familia ya no estaba, ni está hoy en día, solo miran y
ríen como hienas. Está claro que generalizo y no individualizo, pero nadie miro
por mí después de saber que tenía razón. Tampoco echo la culpa a esa mierda que
decía ser tulipán, porque fui yo quien se disparó y se cegó. Posteriormente en
la soledad sin que nadie se diera cuenta rompí los puntos de mi pecho y sigue
doliendo. Heridas de vida.
Hoy con 21 todavía sigo siendo humano, porque nadie lucha
mano a mano, sé que el aire aparta al humo y sí, duele, pero siento. Sigo
teniendo mi sabana, pero no hay leones, ni hienas solo diferentes flores de
porcelana y este tigre solitario, que
ruge a cualquier flor que pretende florecer, porque si florece es para quedarse,
no para morirse. Y si se rompe un cacho de porcelana de alguna en su momento,
soy experto en cohesionar nuevamente parte de uno mismo. Lo único verde que se
ve desde mi altura, es mi especie de Yggdrasil, que aunque no sostenga los 9
reinos, se encarga de sostener al mío. El resto de la sabana desde mi visión es
marrón, porque los pétalos, que son el final de los tallos que he buscado, son
más grandes que yo, por eso todos los atardeceres tengo que subir a la roca del
rey y mirar como un cernícalo cuando acecha su terreno, a diferencia de que yo
no lo acecho, lo admiro. Aun así, mientras estoy tumbado ante esa maravilla
pintoresca mis patas delanteras empiezan a quemarme, precedente de una
insuficiencia cardíaca momentánea, porque duele, duele ver como yo he tenido
que construir tanto, y otros solo se tienen que preocupar de florecer. Duele y
seguirá doliendo, por eso es la herida de mi vida.
Todo duele. Por mucho tiempo que pase el dolor no se va; permanece en silencio. A veces se nos hace imposible aguantarlo y acabamos estallando cual globo a reventar, dejando por el aire nuestras ilusiones, convirtiéndonos en un cuerpo inerte sin alma, sin expresión.
ResponderEliminarHb.