En mi ciudad se ven los primeros novatillos y novatos creen
ser alguien, van de duros y no valen dos, se creen gánster pero son todo de
palo. Dicen ser enormes y son de tres al cuarto, ni a la mitad llegan, insultar
por como vistes y pegan por conseguir 5 euros, pero como tardes más de 6
segundos en reaccionar te comerán, pero si tardas menos corren cual runman. Después
están los que saben respetar que por lo general están en sus casas tranquilos,
sin hacer nada malo porque sobre pasan lo permitido y algunos llevan siete años
de luto.
También existe esa enajenación de jugar a juegos de rol y “frikis”.
Últimamente más, puesto que el tabú de ser un “niño raro” está mejor visto y
niños de ochos años con pelos de colores se acercan como si quisieran escapar
de su casa. Por consecuencia pasa su vida entre 9 o 10 juegos de rol o de
estrategia, y su resiliencia se quedó en el personaje que se movía por los
dados. Lo peor es ver a gente adulta que hace los mismo, intentando subir al
once a un individuo de ficción, para mí un gran dolor puesto que la realidad no
se mueve por las doce caras que caen en una mesa. Después están los que saben
que van allí a pasar el rato, incluso gente con más de 13 años de diversión controlada,
con niños de 14 y toda una vida por delante. Ellos también se enfocan en su
hobby pero no viven en una vida ficticia.
Por supuesto existen esos niños de quince que creen creer
que la vida es para ellos, que una diferencia de sexo es para controlar o ser
el “puto amo” por besar a dos de dieciséis en una misma noche, pero cuando
llegan del gym se miran y saben que no son nada, y sino la ciudad se lo
aclarara tarde o temprano. Poco a poco aparecen ella, chicas de 17 años que la
que no tiene novio, quiere ser más orgullosa con 18 buches de un ron arehucas
para intentar olvidar el pasado, pero el problema es que se acaban liando con
los que después se da cuenta de que son niñatos. Y después es los próximos no
apechuga y se queja porque ella misma se creía de diecinueve quilates y se quedó
en bronce. No existen un bando u otro lo peor es acabar con veinte escusas de
porque no te deben sonreír cuando te están abrazando.
Llevo muchos años de vidas moviéndome por estos lares por
todos estos números, siendo testigo de cómo se dejan pasar o quieren ser más. Bueno
yo también he fallado y me he arreglado pero al menos siento por mí y por todos,
orgulloso de ver todos esto a mi edad que es igual que el próximo número que
toca. 21.
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