Elegir entre los tuyos o los míos, ser dios o ser mortal, llevarte la inmortalidad al límite para hacerte sangrar. Darte cuenta de lo que eres para olvidar lo que fuistes, vivir sin más o morir porque eres menos. Así se sintió y sintiéndolo mucho nunca fue por el, fue por ellos.
Supongo que fue el estrés que se lo llevó, para que no volviera. Ahora todo cambiaba, no existía aurora boreal, ni arcoiris, ni agua cristalina, más bien la noche. Los nudillos ya no sangraban, se astillaban por los impactos que recibía la pared, la felicidad se convertía en gritos y los gritos en rugidos de dolor. Ayer era aquí, hoy era allí, mañana era en otro lado con diferentes luces pero el mismo dolor. En serio, era tanto el aura que irradiaba, que jamás se sintió algo malo en su presencia, pero era algo tan doloroso que cuando caminaba las flores se marchitaban, las cataratas cesaban, las risas eran tímidas y el amor, triste.
Jamás ningún extraterrestre ha sido testigo de tanta experiencia extracorporea, siendo él el anónimo en esto de la sociedad. Lo peor de todo es que en todo momento fue por ellos. Elegir entre los míos o los tuyos, esa fue la decisión. Lo que está claro es que el vivía para morir, sin ser un cualquiera, pero para morir. Y creedme cuando os digo que he conocido a otros que han estado en el filo, pero el vivía en el. Él era el ente del acantilado.
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