Ya no tenían ni tiempo para los dos, pero sus cuerpos se extrañaban. Recuerdo como se miraron, él lloro sangre, ella corrió sin más, sin parar a detenerse, sin pensar en que él no estaba en una postura adecuada para abrazarla. El abrazo lo tambaleo tanto que no pudo sostener su otro corazón por más tiempo y cayeron juntos a la arena. Entre el polvo de aquel suelo ficticio color pimienta, ella noto esas manos que le acariciaban el cuello lentamente y como le iban sosteniendo el pelo poco a poco. Él rió sin un porque, mientras se dispuso a humedecer los labios de su sueño lentamente y ella derramo unas gotas del suero de verdad mas real, mientras dejaba que su corazón dejase de latir y su respiración se estancase unos segundos, para que cuando sus labios se humedecieran, saber que respiraba y vivía realidad.
Fue mucho más intenso de lo que pensaron, habían pasado años, la luna era de ellos esa noche y la aurora boreal los protegía de la oscuridad total. Después de aquel abrazo, solo había sonrisas muy cercanas y caricias de mejillas a mejillas. Eran dos ateos dando las gracias a dios por llevar a cabo aquel momento, eran dos enamorados desafiando sus propias creencias por proteger un rojo ajeno, Se levantaron y corrieron juntos por aquella playa jugando a quien se amaba mas, se mojaron jugando a ser felices toda la vida y abrieron sus labios y jugaron a sellarlos al cierre por toda la eternidad.
Ya no tenían tiempo, ahora era distancia. Ella daba sus esfuerzos por levantarse de la cama acariciando la almohada de los dos cada mañana, exhausta de la medicación, y sintiendo como cada sonrisa y cada "Te quiero" latía dentro de ella, recorría kilómetros en coche para estar más cerca de él, para tener esos segundos de intimidad. Cuando se veían, ella podía ser ella misma con él, a pesar de todo sus momentos aun seguían siendo mágicos. Aunque él nunca más hablase después de la operación a la que se sometieron juntos, ella sabía que se lo había dado todo, incluso parecía que todavía le acariciaba el cuello con sus manos y la besaba cada vez que ella se acercaba y le susurraba " Te quiero y siempre lo haré". Después de aquella frase siempre se derrumbaba, llorando incesantemente sobre él durante horas, aplastando las flores que llevaba y mirando su nombre escrito en el mármol blanco de aquel cementerio.
Jamás hubo oscuridad, puesto que él latía con ella.
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